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Durante los años 60, el Instituto Di Tella en Buenos Aires concentró a una generación de artistas que experimentó con arte pop, happenings y nuevos materiales.
Por un puñado de años en los 60, Buenos Aires fue, literalmente, una de las capitales mundiales del arte experimental. El responsable fue el Instituto Torcuato Di Tella, dirigido artísticamente por Jorge Romero Brest, que con sus premios y exposiciones lograba atraer a artistas, críticos y curadores de medio mundo. Mientras tanto, el país atravesaba golpes de Estado e inestabilidad política constante: el contraste entre la fiesta creativa de adentro del instituto y el caos de afuera era brutal.
Ahí se formó una generación entera que decidió que la pintura de caballete ya no alcanzaba. Marta Minujín armaba ambientes blandos para meterse adentro; Dalila Puzzovio y Edgardo Giménez inventaban una estética pop bien local, con mucho color y mucho plástico; Rubén Santantonín fabricaba 'cosas' -objetos que no representaban nada, solo eran objetos-; y Alberto Greco se inventó el 'arte vivo-dito', que consistía en señalar con un marco a una persona real en la calle y declararla, ahí mismo, una obra de arte.
El formato estrella de la época fue el happening: una acción artística en vivo, efímera, participativa, sin un límite claro entre quién era 'la obra' y quién era 'el público'. Se parecía a lo que pasaba en esos mismos años en Nueva York o Londres, pero con un condimento extra: la tensión política argentina le daba a todo un filo que en otros países no tenía.
La fiesta no duró para siempre. Hacia fines de la década, buena parte de esta generación empezó a sentir que el arte experimental encerrado en una sala no alcanzaba, y viró hacia un arte directamente político. El ejemplo más fuerte es 'Tucumán Arde' (1968), una experiencia colectiva que denunciaba la crisis social en la provincia de Tucumán usando fotos, datos y testimonios en vez de pinceles. Para muchos historiadores, ese fue el cierre simbólico de toda una época dorada.