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Pintor, escultor y creador de lenguajes imaginarios. Su obra mezcla astrología, tarot y misticismo en universos geométricos de color intenso.
Imaginate a un tipo que de grande se harta de su propio nombre y decide inventarse uno nuevo. Eso hizo Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari: se quedó con Xul Solar, un juego de palabras entre 'luz' al revés y 'sol' en latín. Nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires, y desde chico ya daba señales de ser de otro planeta: hablaba varios idiomas, tocaba el piano y dibujaba sin parar.
A los 25 años se subió a un barco y se fue a Europa casi quince años. Recorrió Londres, Milán, Florencia, Múnich y, sobre todo, se instaló un buen tiempo en Italia. Ahí se cruzó con el expresionismo, el futurismo y un cóctel de vanguardias que le voló la cabeza. Cuando volvió a Buenos Aires en 1924, no volvió con un estilo prestado: volvió con un lenguaje visual que no se parecía a nada de lo que se hacía en el país.
Su pintura es, literalmente, un universo propio. Banderas que no existen, ciudades flotantes, escaleras que llevan a ningún lado, signos zodiacales mezclados con jeroglíficos inventados. Trabajaba casi siempre en formatos chicos, con acuarela y témpera, porque decía que así podía corregir y 'pensar' mientras pintaba. El resultado son escenas diminutas que parecen mapas de un mundo paralelo, llenas de color transparente y vibrante.
Y la pintura era solo una parte del paquete. Xul inventó idiomas enteros: el Neocriollo (una mezcla de español y portugués pensada para unificar a Latinoamérica) y la Pan-lengua, un sistema casi musical de comunicación universal. También rediseñó el ajedrez más de una vez -su versión más famosa, el 'Panajedrez', se jugaba en un tablero circular con reglas nuevas- porque el ajedrez tradicional le parecía, directamente, aburrido.
Fue uno de los mejores amigos de Jorge Luis Borges, que lo idolatraba sin disimulo: lo nombra en varios cuentos y poemas, y llegó a decir que Xul era 'uno de los acontecimientos más extraordinarios de nuestra época'. No es poca cosa viniendo de Borges.
Murió en 1963, pero dejó la casa de Recoleta transformada en el Museo Xul Solar, un lugar chiquito y raro donde se puede caminar literalmente dentro de su cabeza: ver sus tableros de ajedrez modificados, sus instrumentos musicales inventados y cientos de obras que parecen sacadas de un sueño con mucha cafeína.