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Vivió la mayor parte de su vida en París, pero nunca dejó de pintar al mismo hombre con sombrero caminando, una y otra vez, por calles que podrían ser de cualquier parte del mundo.
Antonio Seguí nació en Córdoba en 1934 y, como buena parte de su generación, terminó instalándose en Europa -en su caso, en Arcueil, a las afueras de París- donde vivió la mayor parte de su carrera. Pero a diferencia de otros artistas que se 'europeizan' al emigrar, Seguí construyó una obra que, mirada de lejos, no se parece a nada: colores saturados, trazo firme casi de historieta, y una iconografía urbana propia.
Su imagen más repetida es la de un hombre con sombrero caminando, visto de perfil o de espaldas, multiplicado una y otra vez en la misma tela como si fuera un fotograma repetido de una película sin final. Esa figura -anónima, en tránsito permanente, atravesando ciudades hechas de carteles, autos y edificios amontonados- se convirtió en una especie de marca registrada que Seguí reinventó en pintura, grabado y escultura durante seis décadas.
Esa obsesión con el movimiento urbano también lo llevó a la escultura a gran escala: hizo figuras de bronce de varios metros de altura, varias de ellas instaladas en espacios públicos de Córdoba, Francia y otras ciudades, llevando a la calle -literalmente- al mismo personaje que caminaba dentro de sus cuadros.
Expuso en los museos y bienales más importantes del mundo y es, junto a Kuitca y Minujín, parte del grupo de artistas argentinos contemporáneos con proyección verdaderamente internacional. Murió en París en 2022, dejando una obra que convirtió la repetición y el anonimato urbano en un estilo absolutamente reconocible.