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Vive en Nueva York desde los años 60 y construye escenas diminutas con figuritas de juguete para hacer preguntas enormes sobre qué es real y qué es representación.
Liliana Porter nació en Buenos Aires en 1941 y, después de un paso por México, se instaló en Nueva York en 1964, ciudad donde vive y trabaja desde entonces. Ahí, junto al uruguayo Luis Camnitzer y el venezolano José Guillermo Castillo, fundó el New York Graphic Workshop, un taller que renovó por completo la forma de entender el grabado como lenguaje conceptual, más allá de la técnica tradicional.
Pero lo que la hizo reconocible en todo el mundo llegó después: sus instalaciones y fotografías con figuritas de juguete y objetos diminutos -un hombrecito de plástico, un muñeco roto, una tacita en miniatura- puestos en escena junto a elementos dibujados o pintados a gran escala, como una sombra enorme que proyecta un personaje minúsculo. El contraste de tamaño no es solo gracioso: obliga a preguntarse qué es 'real' dentro del cuadro y qué es apenas su representación.
Hay algo de humor silencioso en casi toda su obra, pero también una melancolía de fondo: esos personajes diminutos suelen estar solos, en situaciones absurdas o directamente catastróficas -escombros, derrumbes, desastres en miniatura- como si el mundo grande les hubiera pasado por encima sin darse cuenta.
Tiene obra en el MoMA, el Guggenheim y el Museo Reina Sofía, entre muchos otros, y sigue produciendo con la misma curiosidad desde hace más de seis décadas. Es, junto a Kuitca y Seguí, una de las argentinas con mayor proyección internacional sostenida en el tiempo, construida casi enteramente fuera del país.