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Fue farmacéutico antes que artista, y esa formación científica lo llevó a cablear papas con electrodos para demostrar, en plena galería de arte, que un alimento puede generar energía.
Víctor Grippo nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1936, y se formó primero como técnico químico y farmacéutico antes de dedicarse de lleno al arte. Esa base científica no quedó afuera de su obra: se metió adentro, y se convirtió en el material conceptual central de todo lo que hizo después.
Su pieza más conocida es 'Analogía I' (1971): una mesa cubierta de papas comunes, conectadas entre sí con cables y electrodos, midiendo en vivo la pequeñísima corriente eléctrica que genera naturalmente cualquier papa. No había truco ni metáfora forzada: la energía era real, medible con un voltímetro, y Grippo la usaba para hablar de transformación, de conocimiento popular y de la potencia escondida en lo más humilde y cotidiano.
Formó parte del Grupo de los Trece y del CAyC (Centro de Arte y Comunicación), un espacio porteño de los años 70 donde se gestó buena parte del arte conceptual argentino más politizado, en pleno contexto de censura y represión creciente. Trabajar con papas, pan casero o mesas de madera, en ese marco, también era una forma de hablar de lo colectivo y lo popular sin pasar por la denuncia explícita, que podía ser directamente peligrosa.
Su obra terminó en colecciones como la Tate de Londres y el MoMA de Nueva York, algo poco habitual para un artista que, en el fondo, nunca dejó de pensar como un químico que hace preguntas con arte en vez de con probetas. Murió en Buenos Aires en 2002.