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Antes de los happenings coloridos del Di Tella, un grupo de artistas llenó una galería porteña con basura real, muebles rotos y chapa quemada. La llamaron, sin vueltas, 'Arte Destructivo'.
A fines de los 50, en paralelo al informalismo que se discutía en Europa, un grupo de artistas porteños empezó a trabajar con materiales que nadie llevaría nunca a una galería: chapa oxidada, maderas quemadas, sillas rotas, alambres retorcidos, directamente sacados de obras en demolición o de la basura de la calle. Kenneth Kemble, el más visible del grupo, armaba ensamblajes ásperos y sin pulir que buscaban todo lo contrario de lo que se esperaba de un cuadro: ninguna belleza, ningún mensaje tranquilizador.
Todo eso explotó en 1961 con la muestra colectiva 'Arte Destructivo' en la galería Lirolay de Buenos Aires, donde Kemble expuso junto a Antonio Seguí, Jorge López Anaya, Luis Alberto Wells, Silvia Torras y otros artistas que compartían esa búsqueda de una estética deliberadamente fea, violenta y hecha con desperdicios reales. El título no era una metáfora: literalmente mostraban objetos rotos y destruidos como si fueran el final -o el principio- del proceso creativo.
La muestra generó rechazo inmediato de buena parte de la crítica, que no entendía por qué alguien pagaría para ver, colgado en una pared, lo mismo que se tira en cualquier demolición. Pero para el grupo era exactamente ese el punto: el arte también podía hablar con la basura que la sociedad descartaba, en un momento de ansiedad creciente por la Guerra Fría y la amenaza nuclear.
El Arte Destructivo duró poco como movimiento organizado, pero funcionó como bisagra: preparó el terreno para la experimentación más radical que iba a explotar pocos años después en el Instituto Di Tella, demostrando que en Buenos Aires ya había un público -chico, pero ahí- dispuesto a discutir qué podía y qué no podía ser considerado arte.