Cargando Kuna...
Cargando Kuna...
Una acción colectiva de un solo fin de semana se convirtió en una de las imágenes más potentes del arte político argentino: siluetas humanas vacías, por cada desaparecido.
No es un movimiento que haya durado años ni tuviera un manifiesto largo. El Siluetazo pasó, literalmente, en dos días: el 21 y 22 de septiembre de 1983, en plena Plaza de Mayo, a semanas de que terminara la última dictadura militar argentina (1976-1983).
La idea nació de tres artistas -Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel- que se la propusieron a las Madres de Plaza de Mayo para sumarla a una de sus marchas. La mecánica era tan simple como devastadora: una persona se acostaba sobre una hoja de papel grande, otra trazaba el contorno de su cuerpo con un marcador, y esa silueta vacía se pegaba después en paredes, columnas y monumentos de toda la plaza.
Cada silueta representaba, de forma anónima y a tamaño real, a uno de los aproximadamente 30.000 desaparecidos durante la dictadura. No había rostros ni nombres: solo la forma hueca de un cuerpo ausente, repetida miles de veces hasta cubrir la plaza entera. El resultado visual era devastador y, a la vez, profundamente colectivo: no lo hizo 'un artista', lo hizo la gente que se acercó a participar esa tarde.
El Siluetazo se convirtió con los años en una referencia obligada para entender el arte político argentino: la prueba de que una obra no necesita un museo, ni siquiera necesita durar, para dejar una marca imborrable. Todavía hoy, en marchas de derechos humanos, es común ver siluetas pegadas en las paredes como eco directo de aquel fin de semana de 1983.