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Mientras otros artistas abrazaban la abstracción, este colectivo decidió que el arte tenía que mostrar obreros, huelgas y lucha de clases. Sus figuras angulosas todavía circulan en afiches sindicales.
A fines de los años 50, mientras buena parte del arte de vanguardia argentino se volcaba a la abstracción geométrica o al informalismo, un grupo de pintores decidió ir exactamente en la dirección contraria. El Grupo Espartaco, formado en 1959, sostenía que alejarse de la figura humana y de los temas sociales era, en los hechos, darle la espalda a la realidad del país.
Su figura más influyente fue Ricardo Carpani, que desarrolló un estilo absolutamente reconocible: cuerpos de obreros y militantes dibujados con líneas duras, musculatura angulosa y gestos de puño en alto, en composiciones que parecían afiches de propaganda política más que cuadros de museo. Esa estética, deliberadamente directa y fácil de reproducir, era parte del plan: el grupo quería un arte que pudiera circular fuera de las galerías, en sindicatos y organizaciones populares.
Junto a Carpani trabajaron Mario Mollari, Pascual Di Bianco, Esperilio Bute, Franco Venegoni y Juan Manuel Sánchez, entre otros, todos con una mirada influida por el muralismo mexicano y por el clima político argentino de la época -peronismo proscripto, sindicalismo combativo, tensión social creciente-. No era casual: para ellos, la pintura tenía que estar del lado de los trabajadores, sin medias tintas.
El grupo se disolvió hacia 1968, pero su estética sobrevivió mucho más que el colectivo en sí: las figuras de Carpani se siguen reproduciendo hasta hoy en pancartas, murales y materiales de organizaciones sociales y sindicales, convertidas en una especie de lenguaje visual popular que mucha gente reconoce sin saber necesariamente de dónde salió.