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Un pintor formado en Múnich se instaló en las sierras de Córdoba y le enseñó al arte argentino a pintar con la luz, no solo con el dibujo.
A principios del siglo XX, el arte 'serio' en Argentina todavía pasaba casi exclusivamente por la Academia: dibujo preciso, temas nobles, colores apagados. Fernando Fader, nacido en Buenos Aires en una familia de origen alemán y formado en Múnich, volvió al país con otra idea completamente distinta, tomada del impresionismo europeo: lo que importa no es solo lo que se dibuja, sino cómo le pega la luz.
En 1907 fue uno de los fundadores del Grupo Nexus junto a pintores como Pío Collivadino y Cesáreo Bernaldo de Quirós, un grupo que se plantó frente al Salón oficial para defender una pintura más libre, con pinceladas sueltas y colores que buscaban captar una impresión lumínica real, no una copia prolija de la realidad.
Pero el gesto más radical de Fader fue geográfico, no solo estético: en vez de quedarse en Buenos Aires compitiendo por espacio en los salones porteños, se mudó a las sierras de Córdoba, a una zona rural llamada El Durazno, y empezó a pintar la vida de campo cordobesa -la hora del almuerzo de los peones, las siestas, la luz filtrada entre los árboles- con una paleta vibrante que nada tenía que ver con el gris academicista de Buenos Aires.
Esa decisión también cambió el mapa del arte argentino: demostró que no hacía falta vivir en la Capital para producir obra relevante, y convirtió a Córdoba en un polo artístico propio, algo poco común para la época. Más de un siglo después, sus escenas de luz y campo siguen siendo de lo más reproducido del arte argentino de comienzos del siglo XX.