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Dos cuadros marcaron el final del siglo XIX argentino: uno por mostrar una sirvienta semidesnuda, el otro por mostrar a un obrero sin trabajo. Los dos escandalizaron, y los dos definieron una época.
Hacia fines del siglo XIX, mientras Buenos Aires se llenaba de inmigrantes y fábricas y el país se modernizaba a toda velocidad, un grupo de pintores empezó a mirar esa realidad con una técnica importada de Europa: el naturalismo, heredero del realismo francés, que buscaba representar la vida tal cual era, sin idealizarla ni embellecerla de más.
El primer gran golpe lo dio Eduardo Sívori en 1887 con 'El despertar de la criada', un cuadro que mostraba a una sirvienta semidesnuda recién levantada de la cama. La reacción en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes fue tan violenta -hubo pedidos de censura y hasta de retirar la obra- que terminó siendo uno de los primeros grandes escándalos de exhibición de la historia del arte argentino, con un eco parecido al que había generado 'Olympia' de Manet unos años antes en París.
El segundo golpe, todavía más influyente, llegó en 1894 con 'Sin pan y sin trabajo' de Ernesto de la Cárcova: un obrero desempleado sentado en su casa humilde, con su familia hambrienta alrededor, mientras por la ventana se ve una fábrica con la chimenea apagada. Pintado en plena crisis económica de la época, es considerado el primer gran cuadro de temática social del arte argentino, el antecesor directo de lo que después harían Berni o Spilimbergo con los sectores populares.
Sívori y de la Cárcova no se quedaron solo en lo pictórico: fueron también figuras clave en la institucionalización del arte argentino, impulsando la creación de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes y, más adelante, de la Academia Nacional de Bellas Artes. O sea que, además de escandalizar, se encargaron de construir el edificio -literal y burocrático- donde las siguientes generaciones iban a poder formarse.